lunes, 18 de junio de 2007

Zapatillas rotas

Fríos otoños se vienen a mi mente,
otoños de antaño,
cuando contaba con tus besos
y con la suave caricia de tus palabras.

¿Cuánto tiempo ya ha pasado?
Eternidades completas
desde que te fuiste
dejando sueños, esperanzas
y un agrio sabor en el pecho.

Eras quien velaba por mí.
Quien creía en mí.
Quien me armaba con palabras
y celebraba cada una de mis batallas,
coronando las victorias
y recitando las derrotas.

¡Oh, Caballero del Viento!
¿Qué te llevó a dejarme sola
en camino tan funesto?

Puesto que era tu corcel quien
mañana, tarde, noche, madrugada
guiaba mis pasos al bien.

Una negra marca tengo
cruzando la frente de sien a sien.
Marca de Caín, la llaman los bienaventurados.
Yo la llamo Marca de Infiel.

Puesto que fui infiel a tus promesas,
y jugué con el tiempo, cual soberana,
castigo del cielo me llega
en medio de tus rojas lágrimas.

"Que nuestro no será el cielo"
me dijiste una vez en silencio
en medio de tormentas y celos.

"Lo ganaré por ti"
repetí con dulzura infantil
y pequeña ingenuidad que ya perdí.

Condenados estábamos tú y yo
desde hace siglos, ¡siglos!
Cerrando los áureos ojos
quería negarlo yo.

Tus cadenas cargo, no con desdén.
Gran suplicio es mi dulce condena
y llevo los candados con orgullo
pues alguna vez fueron tuyos.

Es hora de abrir los ojos,
y aceptar la cándida resolución
que el Cielo dio a nuestra generación.

Sangre maldita llevamos
y lo hemos de aceptar, ¿por qué?
Porque alguna vez fuimos "poetas malditos".

A mi Padre, el primer poeta que conocí y que me mostró el tierno y desgarrados fin de la poesía.

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